tienen consecuencias en el mundo real: la mezcla de los pueblos,
la creación de poblaciones nuevas y heterogéneas. El mundo
siempre cambia de un modo moralmente justificable, y los
derechos se pueden perder, o por lo menos se reducen sin que
de ello tengan la culpa los perdedores. (Michael Walter
TRIBALISMO MODERNO en Revista “Facetas” 1 – 1993)
La crónica dificultad que, la generalidad de, los mexicanos tenemos para entender la diversidad cultural de nuestro país nos ha llevado a una suerte de aislamiento permanente, cada uno en su torre de marfil, lejos de la realidad de las “minorías”, como suele llamárseles a los grupos representantes de la diversidad, sea ésta, étnica, religiosa, preferencia sexual o de cualquier otra índole, como una suerte de legitimación de la abismal distancia social que establecemos entre el ellos y nuestro respectivo mundo, el de la cultura dominante llamada también mestiza, por tanto hemos sido educados para olvidar que la igualdad es tan solo un imaginario, es ideal, cuando queda en la enunciación y no trasciende a la práctica.
Nada de ello es gratuito, finalmente, el proceso histórico sobre el que se ha dado la conformación de la “Nación” mexicana es el resultado de las disputas entre los proyectos eurocéntricos, liberalismo y conservadurismo, es así como desde el momento de la independencia se sentaron las bases para la constitución de un modelo de país fincado en lo opuesto a la comunalidad.
El Estado mexicano, heredero de la doctrina liberal de la ilustración y del liberalismo francés, asumió desde sus orígenes el discurso de igualdad de la ciudadanía universal, que reivindica la unicidad del derecho y pone el acento de la personalidad jurídica en el individuo (Marshall T. H., 1950). La triada un pueblo/un territorio/una cultura, como prerrequisito para la conformación del Estado, fue el proyecto para el cual se impulsó la política de aculturación e integración de los pueblos indígenas a una cultura nacional homogénea y mestiza. En nombre de la igualdad y de la necesidad de construir una nación moderna, se le negó a los pueblos indígenas el derecho de hablar sus propios idiomas y se impuso el castellano como lengua única; se les implantaron leyes que no entendían y que no consideraban el contexto cultural de los acusados; se deslegitimó la autoridad de sus instituciones político-religiosas, imponiéndoseles autoridades municipales mestizas que concentraban el poder político y económico de regiones enteras.
En este contexto para quienes provenimos de una matriz cultural perteneciente a estos grupos sociales, en este caso uno de los pueblos originarios, resulta de especial importancia emprender la reconstrucción de los elementos propios de estas culturas primarias para hacerlos el mecanismo fundamental para el impulso de mejores condiciones sociales en el futuro mediato, como la alternativa para la construcción de una sociedad más justa y democrática, dada la premisa de que nuestras diferencias nos han significado un menor acceso a las oportunidades que presupone pertenecer a una nación como la mexicana.
La historia del indio con respecto al estado mexicano y a la sociedad civil en general ha estado llena de conflictos y de pendientes. El estado mexicano constantemente ha tratado de integrarlos y asimilarlos formando una nación única y homogénea. No obstante, con el fenómeno de la globalización y otros aspectos tales como los derechos humanos, los indios como grupo étnico han adquirido fuerza a nivel internacional y han logrado el reconocimiento y reivindicación de sus derechos que tantos años han buscado como pueblo y cultura distintos. Es así como el indio no sólo ha mantenido su identidad y costumbres, sino que se ha ido insertando en el nuevo contexto internacional adaptándose e innovando sus usos y costumbres.
La cultura nacional en el panorama mundial actual.
Para nadie es un secreto que las últimas décadas del siglo XX una serie de acontecimientos de amplia relevancia sacudieron al mundo, desde la caída del llamado socialismo real, representada por la Perestroika rusa y significada por el fin del muro de Berlín, lo cual para occidente representó “el fin de la historia” (Fukuyama dixit) y por ende el triunfo definitivo del capital y la imposición de un Nuevo Orden Mundial, basado en la globalización, como el punto de referencia para acreditar la humanidad tanto individual como colectiva, es decir el triunfo aparente de la sociedad de consumo.
Si bien es cierto esto acontecía en la llamada sociedad global, como apunté “la sociedad de consumo”, en el nivel de las clases trabajadoras, las de menores capacidades de competencia en el mundo del capital, las clases subalternas, se empezaron a generar una serie de movimientos alternativos con sus respectivas manifestaciones, una bandera enarbolada por el capital global, los derechos humanos, dieron la pauta a estos diferentes movimientos, la expresión máxima se puede resumir en la frase “otro mundo es posible” cuyo eje nodal es la lucha contra el avasallamiento del capital, piensa global--actúa local, reza la consigna que ha suscitado una oposición creciente contra lo que se reconoce como una política de exterminio en contra de los grupos de no consumidores, es decir los pobres, la inmensa mayoría del mundo, el FORO MUNDIAL SOCIAL, se ha convertido en un espacio de reflexión colectiva y de importantes aportes teóricos sobre el problema.
Las condiciones históricas particulares de México se vieron, además, influenciadas por el hecho geopolítico de nuestra coexistencia con los E. U., ello genera condiciones que no se repiten en ningún otro lugar del mundo.
El fin de la Tercera Guerra Mundial, o Guerra Fría, marca una nueva época a escala planetaria, permitiendo que la globalización y el neoliberalismo se consolidaran como modelo dominante en todo el orbe. Ello nos impactó directamente, porque la circunstancia de ser vecino del hegemón mundial es determinante y esencial, desde una perspectiva geopolítica, geoeconómica y geoestratégica, es decir, territorial; tenemos, por tanto, una situación histórica particular por la vecindad con la cede del mayor imperio mundial surgido en la historia.
Aunado a este hecho incontrovertible, la historia misma del país ha generado una serie de situaciones propias de la multiculturalidad contenida en sus expresiones, sobre todo en las relativas a la toma de decisiones, la llamada autonomía, por lo menos durante los casi dos siglos de independencia, la colonia merece mención aparte.
En este sentido el fracaso de las políticas culturales implementadas por y desde el Estado han sido, por decir lo menos rotundos fracasos, desde la asimilación hasta la integración, pasando por la cultura nacional oficial, reflejada en sistemas educativos obsoletos y caducos, los cuales lo menos que han logrado es integrar o asimilar a los grupos étnicos a una sola nación, hasta el asistencialismo y la folclorización a principios del siglo XXI vivimos un resurgimiento de formas de cultura consideradas desaparecidas por no pocos defensores de la cultura nacional única.
La idea central de que la aculturación sería la solución a las profundas diferencias evidenciadas durante la Revolución mexicana, expresadas en la masiva participación popular en los proyectos zapatista y villista, sobre todo, no pudo ser superada por medio de las políticas postrevolucionarias que pretendieron, por la vía mencionada de la asimilación incorporar a estos grupos a un proyecto único y sí fueron la base sobre la que la familia revolucionaria se reconstituiría y con ello la nueva clase política que, aplicando la máxima del gatopardismo propuso un “cambio para que todo quedara igual”. En el fondo la exclusión de las mayorías afectó a quienes de cualquier modo no podrían ser incluidos, dado que su inclusión dependía de su desaparición como entes con una identidad colectiva propia, distinta del mencionado modelo individualista derivado del proyecto triunfante.
En los albores del siglo XXI asistimos, entonces, al resurgimiento de formas culturales múltiples, que obligan a reconsiderar los paradigmas para el análisis de la realidad nacional, las realidades debemos entender a partir de ahora, en este contexto se hace necesario repensar seriamente la llamada “cultura nacional”.
En los momentos en que se elabora este informe se suceden una serie de acontecimientos que exigen una profunda revaloración de los temas mencionados, a nivel continental el movimiento indígena pugna por alcanzar espacios de representación política, su participación organizada en los escenarios nacionales alcanza cada vez mayor importancia, Ecuador y más recientemente Bolivia con un presidente de origen indígena, Evo Morales Ayma, indican que es necesario rediscutir a nivel continental temas relacionados con la identidad nacional.
Grupos indígenas organizados han puesto desde hace varias décadas en el escenario político contemporáneo de América y México proyectos alternativos a debate, desde el katarismo boliviano, pasando por la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador, el movimiento Pachacutik, el movimiento guatemalteco de la URNG, hasta llegar al neozapatismo y el Congreso Nacional Indígena (CNI), se han acumulado una gran cantidad de aportes que bien valdría la pena reflexionar colectivamente en este nuevo siglo, que puede ser en siglo de “Nuestra América”.
Nada de ello es gratuito, finalmente, el proceso histórico sobre el que se ha dado la conformación de la “Nación” mexicana es el resultado de las disputas entre los proyectos eurocéntricos, liberalismo y conservadurismo, es así como desde el momento de la independencia se sentaron las bases para la constitución de un modelo de país fincado en lo opuesto a la comunalidad.
El Estado mexicano, heredero de la doctrina liberal de la ilustración y del liberalismo francés, asumió desde sus orígenes el discurso de igualdad de la ciudadanía universal, que reivindica la unicidad del derecho y pone el acento de la personalidad jurídica en el individuo (Marshall T. H., 1950). La triada un pueblo/un territorio/una cultura, como prerrequisito para la conformación del Estado, fue el proyecto para el cual se impulsó la política de aculturación e integración de los pueblos indígenas a una cultura nacional homogénea y mestiza. En nombre de la igualdad y de la necesidad de construir una nación moderna, se le negó a los pueblos indígenas el derecho de hablar sus propios idiomas y se impuso el castellano como lengua única; se les implantaron leyes que no entendían y que no consideraban el contexto cultural de los acusados; se deslegitimó la autoridad de sus instituciones político-religiosas, imponiéndoseles autoridades municipales mestizas que concentraban el poder político y económico de regiones enteras.
En este contexto para quienes provenimos de una matriz cultural perteneciente a estos grupos sociales, en este caso uno de los pueblos originarios, resulta de especial importancia emprender la reconstrucción de los elementos propios de estas culturas primarias para hacerlos el mecanismo fundamental para el impulso de mejores condiciones sociales en el futuro mediato, como la alternativa para la construcción de una sociedad más justa y democrática, dada la premisa de que nuestras diferencias nos han significado un menor acceso a las oportunidades que presupone pertenecer a una nación como la mexicana.
La historia del indio con respecto al estado mexicano y a la sociedad civil en general ha estado llena de conflictos y de pendientes. El estado mexicano constantemente ha tratado de integrarlos y asimilarlos formando una nación única y homogénea. No obstante, con el fenómeno de la globalización y otros aspectos tales como los derechos humanos, los indios como grupo étnico han adquirido fuerza a nivel internacional y han logrado el reconocimiento y reivindicación de sus derechos que tantos años han buscado como pueblo y cultura distintos. Es así como el indio no sólo ha mantenido su identidad y costumbres, sino que se ha ido insertando en el nuevo contexto internacional adaptándose e innovando sus usos y costumbres.
La cultura nacional en el panorama mundial actual.
Para nadie es un secreto que las últimas décadas del siglo XX una serie de acontecimientos de amplia relevancia sacudieron al mundo, desde la caída del llamado socialismo real, representada por la Perestroika rusa y significada por el fin del muro de Berlín, lo cual para occidente representó “el fin de la historia” (Fukuyama dixit) y por ende el triunfo definitivo del capital y la imposición de un Nuevo Orden Mundial, basado en la globalización, como el punto de referencia para acreditar la humanidad tanto individual como colectiva, es decir el triunfo aparente de la sociedad de consumo.
Si bien es cierto esto acontecía en la llamada sociedad global, como apunté “la sociedad de consumo”, en el nivel de las clases trabajadoras, las de menores capacidades de competencia en el mundo del capital, las clases subalternas, se empezaron a generar una serie de movimientos alternativos con sus respectivas manifestaciones, una bandera enarbolada por el capital global, los derechos humanos, dieron la pauta a estos diferentes movimientos, la expresión máxima se puede resumir en la frase “otro mundo es posible” cuyo eje nodal es la lucha contra el avasallamiento del capital, piensa global--actúa local, reza la consigna que ha suscitado una oposición creciente contra lo que se reconoce como una política de exterminio en contra de los grupos de no consumidores, es decir los pobres, la inmensa mayoría del mundo, el FORO MUNDIAL SOCIAL, se ha convertido en un espacio de reflexión colectiva y de importantes aportes teóricos sobre el problema.
Las condiciones históricas particulares de México se vieron, además, influenciadas por el hecho geopolítico de nuestra coexistencia con los E. U., ello genera condiciones que no se repiten en ningún otro lugar del mundo.
El fin de la Tercera Guerra Mundial, o Guerra Fría, marca una nueva época a escala planetaria, permitiendo que la globalización y el neoliberalismo se consolidaran como modelo dominante en todo el orbe. Ello nos impactó directamente, porque la circunstancia de ser vecino del hegemón mundial es determinante y esencial, desde una perspectiva geopolítica, geoeconómica y geoestratégica, es decir, territorial; tenemos, por tanto, una situación histórica particular por la vecindad con la cede del mayor imperio mundial surgido en la historia.
Aunado a este hecho incontrovertible, la historia misma del país ha generado una serie de situaciones propias de la multiculturalidad contenida en sus expresiones, sobre todo en las relativas a la toma de decisiones, la llamada autonomía, por lo menos durante los casi dos siglos de independencia, la colonia merece mención aparte.
En este sentido el fracaso de las políticas culturales implementadas por y desde el Estado han sido, por decir lo menos rotundos fracasos, desde la asimilación hasta la integración, pasando por la cultura nacional oficial, reflejada en sistemas educativos obsoletos y caducos, los cuales lo menos que han logrado es integrar o asimilar a los grupos étnicos a una sola nación, hasta el asistencialismo y la folclorización a principios del siglo XXI vivimos un resurgimiento de formas de cultura consideradas desaparecidas por no pocos defensores de la cultura nacional única.
La idea central de que la aculturación sería la solución a las profundas diferencias evidenciadas durante la Revolución mexicana, expresadas en la masiva participación popular en los proyectos zapatista y villista, sobre todo, no pudo ser superada por medio de las políticas postrevolucionarias que pretendieron, por la vía mencionada de la asimilación incorporar a estos grupos a un proyecto único y sí fueron la base sobre la que la familia revolucionaria se reconstituiría y con ello la nueva clase política que, aplicando la máxima del gatopardismo propuso un “cambio para que todo quedara igual”. En el fondo la exclusión de las mayorías afectó a quienes de cualquier modo no podrían ser incluidos, dado que su inclusión dependía de su desaparición como entes con una identidad colectiva propia, distinta del mencionado modelo individualista derivado del proyecto triunfante.
En los albores del siglo XXI asistimos, entonces, al resurgimiento de formas culturales múltiples, que obligan a reconsiderar los paradigmas para el análisis de la realidad nacional, las realidades debemos entender a partir de ahora, en este contexto se hace necesario repensar seriamente la llamada “cultura nacional”.
En los momentos en que se elabora este informe se suceden una serie de acontecimientos que exigen una profunda revaloración de los temas mencionados, a nivel continental el movimiento indígena pugna por alcanzar espacios de representación política, su participación organizada en los escenarios nacionales alcanza cada vez mayor importancia, Ecuador y más recientemente Bolivia con un presidente de origen indígena, Evo Morales Ayma, indican que es necesario rediscutir a nivel continental temas relacionados con la identidad nacional.
Grupos indígenas organizados han puesto desde hace varias décadas en el escenario político contemporáneo de América y México proyectos alternativos a debate, desde el katarismo boliviano, pasando por la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador, el movimiento Pachacutik, el movimiento guatemalteco de la URNG, hasta llegar al neozapatismo y el Congreso Nacional Indígena (CNI), se han acumulado una gran cantidad de aportes que bien valdría la pena reflexionar colectivamente en este nuevo siglo, que puede ser en siglo de “Nuestra América”.
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