De las identidades
La identidad es la percepción colectiva de un nosotros’ relativamente homogéneo (el grupo visto desde dentro) por oposición a los ‘otros’ (el grupo de fuera). (Fossaert, Robert. 1983).
La identidad nacional
Existe una enorme dificultad cuando nos aproximamos a la idea de la identidad, por un lado el eurocentrismo propio de la ideología occidental dominante se ha construido sobre un etnocentrismo de cuño europeo, por ello a lo sumo podemos partir de una aproximación al abordar el tema.
La cultura es la base que subyace a la identidad, se entiende a esta corno una construcción social, por tanto, podemos entender a la identidad como una construcción de voluntades colectivas, mismas que después de períodos prolongados de tiempo consensan toda una estructura de orden cultural que les permite relacionarse entre si, evidentemente en la práctica de las sociedades esto no se da de manera sencilla y es más el producto de las contradicciones entre las mismas, para que una de ellas establezca la hegemonía, lo que generará una construcción sincrética, una “nueva” cultura cuyos rasgos serán predominantemente los de la cultura hegemónica, por otro lado, en el mundo actual la idea central de la cultura e identidad ha devenido en un elemento cada vez más irrelevante, después de todo.
El impacto cada vez mayor del mercado mundial sobre el consumo individual y los estilos de vida; el que la gente se defina cada vez más en términos-de grupos o comunidades que pueden ser subnacionales o supranacionales; y el Estado-nación como lugar de toma de decisiones ha sido sustituido por órganos regionales supranacionales que han cuestionado la identidad nacional. Pues la identidad nacional desempeña ciertas funciones externas como que:
• Las naciones definen un espacio social concreto donde viven y trabajan sus miembros
• Las naciones se responsabilizan del control de los recursos de su territorio
• La identidad nacional refuerza al Estado y a sus instituciones políticas y ciertas funciones internas como:
• La socialización de sus miembros para que lleguen a ser ciudadanos y naturales de la nación
• Establece un vínculo social entre individuos y grupos basados en valores, símbolos y tradiciones compartidas
• La identidad nacional supone un medio eficaz de definir y ubicar la personalidad de los individuos en el mundo, a través del marco cultural que la caracteriza. [1]
Las sociedades colonizadas como las culturas originarias de mesoamérica, generan sociedades profundamente marcadas por esta colonización, tal como podemos apreciar en la sociedad mexicana contemporánea. Dicho fenómeno se construyó al terminar los trescientos años de colonización española, es decir con el nacimiento del nuevo Estado— Nación a partir de 1821, pese a conformar una nación única, los criollos, terminaron por imponer su concepto de sociedad, después de todo eran los ilustrados de la sociedad naciente, y.
El sujeto cultural colonial recurre, a fin de interpretar al otro, a códigos o filtros interpretativos preexistentes. La “alteridad” no puede representarse puesto que la identificación con el otro sólo puede expresarse a través de mis propios modelos discursivos. El Sujeto cultural colonial reproduce una serie de procesos de alineación por e lenguaje que imposibilitan la representabilidad del otro, sea por la imagen de la comparación, sea por la imagen de la denegación. [2]
Ello resulta comprensible en la medida en que la noción criolla de modernidad que acompaño al proceso de independencia contemplaba que el modelo a seguir era el europeo, en ese sentido. “Un país tan lleno de Indios (más del 60 % en 1810) no podía seriamente aspirar a la modernidad y el progreso.” [3]
Pasados los primeros treinta años de “independencia’, no exentos de dificultades los liberales terminaron por imponerse, entre ellos destacan notables descendientes de los grupos indígenas, Juárez y Díaz, entre otros, sin embargo, fieles a la ideología liberal estos liberales defendieron la idea del mestizaje como el estado ideal de la sociedad, el único método capaz de garantizar el “verdadero” desarrollo nacional, sobre todo el vinculado al aspecto económico, aquí nuevamente prima la idea de que los indios no eran dignos de confianza como participantes del nuevo proyecto de nación sobre todo porque; ...Su tendencia a vender poco y comprar lo indispensable los hacia enemigos de la panacea de la época [y de la actualidad]: el libre cambio y la empresa libre. [4]
Resulta pues evidente que para un sociedad cuyo imaginario es el de convertirse rápidamente en un país rico y moderno, a la imagen y semejanza de los Estados Unidos, en el cual la riqueza se entiende como el producto natural del trabajo individual expresado en la propiedad privada los “arcaicos” esquemas de la comunidad y la propiedad colectiva resultaran el mayor obstáculo para el desarrollo armónico de dicho país.
Los discursos liberal y conservador del siglo XIX son inclusivos y excluyentes, aunque predomina la visión de un indio destinado a desaparecer bajo el principio de que “todos somos iguales ante la ley” y una política encaminada a la destrucción de sus bases de reproducción para liberar mano de obra y tierras comunales, no sin una resistencia indígena que se extiende a lo largo de ese siglo. Los indigenistas de principios del siglo XX reconocen la existencia de los indios y la necesidad de conocerlos para asimilarlos, construir una Nación homogénea y establecer el “buen gobierno. [5]
Amén de las dificultades generadas por las diferencias culturales, la contradicción inherente al Estado liberal oligárquico, presente a lo largo de este periodo asumió formas específicas en diversos momentos, según el grado de desarrollo alcanzado por el capitalismo en México; la naturaleza de la dependencia del exterior; la composición del bloque en el poder, y la clase —o fracción de clase— que detentó la hegemonía de este último:
La crisis de hegemonía así creada, provocó el debilitamiento del Estado nacional y el consecuente fortalecimiento de las oligarquías regionales y locales. Con ello, la obra de los gobiernos de Juárez y Lerdo quedó en suspenso, si no es que menguada. Ciertamente, cuando Díaz ascendió al poder, no lo hizo con la fuerza e independencia que tuvieron sus predecesores en la presidencia frente a las fuerzas regionales o locales, sino con el flaco acuerdo que le debían los generales tuxtepecanos, quienes, a más de sus propios intereses, representaban en el fondo a las oligarquías de sus respectivas localidades. [6]
El proyecto modernizador encarnado por Díaz y los “científicos”, representantes de estas oligarquías regionales, decretó al mestizaje como la única vía verdadera de desarrollo, por ser la más cercana a la esencia del criollo, nuevamente se marginaba a las culturas originarias que tan penosamente habían sobrevivido a los embates de las sucesivas modernidades, la española, la criolla y ahora enfrentaban la segunda versión del liberalismo, la primera encabezada por Juárez proponía la democracia y la libertad como los ejes de la modernidad, la nueva descartaba esta vía y promovía el orden para llegar al progreso, precisamente por ello lo llamaban positivismo.
El predominio del grupo científico sobre las fracciones regionales de la burguesía mexicana era en gran medida posible gracias a la debilidad política de estas últimas, debilidad que la centralización inherente a la dictadura de Díaz se encargaba incesantemente de alimentar. Las contradicciones generadas por esta imposición y el surgimiento de una nueva facción de la burguesía nacional, representada por una nueva generación más joven y con elementos culturales “modernos” adquiridos en el exterior, entre otros la democratización de la sociedad y la institucionalización del Estado, alentó la revolución mexicana.
De esta etapa destacan dos vertientes de la misma, la popular en la que básicamente participaban los explotados del régimen, predominantemente los indígenas, cuya demanda central era la tierra y la vuelta a la esencia de la comunidad, encamada, sobre todo en el zapatismo y por el otro lado la porción moderna de la burguesía, cuya demanda central era la reforma política, liderada por Madero. “En la etapa armada de la Revolución participan el México imaginario y el México profundo, cada uno por sus propias razones y en procura de sus objetivos propios.” [7]
La derrota del porfiriato, previa alianza coyuntural entre las dos vertientes de la revolución, abrió el espacio para el proyecto modernizador de la burguesía, en una versión todavía más moderna que la maderista, el Grupo Sonora con su vía farmer, para desarrollar al país, ésta terminó por ratificar la idea de que la única ruta para el desarrollo seguía siendo la del mestizo, como continuador de la cultura criolla, de este modo:
La concepción ideológica del México mestizo de la Revolución no fue, no ha sido, tarea fácil. Esquemáticamente, la versión que predomina puede enunciarse así: la raíz profunda de nuestra nacionalidad está en el pasado indio, de donde arranca nuestra historia. Es un pasado glorioso que se derrumba con la Conquista. A partir de entonces surge el verdadero mexicano, el mestizo, que va conquistando su historia a través de una cadena de luchas (la Independencia, la Reforma) que se eslabonan armónicamente hasta desembocar en la Revolución. [8]
La versión de la identidad nacional queda entonces configurada “definitivamente”, los nuevos intelectuales de la nación mexicana; Vasconcelos, Samuel Ramos y otros defenderán a capa y espada la nueva esencia del mexicano, desde el aparato político del Estado o desde la academia, defendiendo el carácter “profundamente” hispánico de la cultura mexicana. Bajo esta perspectiva Samuel Ramos define la cultura mexicana en su obra El perfil del hombre y la cultura en México (1935), obra fundamental en su época.
Para Ramos la cultura mexicana, es decir la cultura criolla, la constituyen los valores espirituales y morales que la cultura europea, en particular España legara a México. Es la religión católica y el idioma español en donde se concretizan dichos valores que distinguen al mexicano del “indio primitivo”; de ahí las críticas de los nacionalistas de la época hacia la élite intelectual, entre ellos Los Contemporáneos, a la que tildaban de “europeizantes”.
Ramos defiende a esta élite transmisora de la “cultura superior” o de la “alta cultura” como diría Henríquez Ureña, en los siguientes términos: No es desprecio a su país, ni la incomprensión de sus problemas la causa de que el intelectual mexicano no haga citas de la realidad circundante; es que cuando el espíritu quiere expresarse tiene que hacerlo en un lenguaje propio que no ha creado todavía el suelo americano y que sólo puede dárselo la cultura europea.
En un contexto nacionalista, como el derivado de la Revolución mexicana, reconstruir la cultura implicaba elaborar criterios para establecer una continuidad ideológica que identificara a una nación en formación. José Vasconcelos, puso en práctica estos presupuestos elaborados desde el Ateneo de la Juventud, en su programa como Secretario de Educación Pública durante el gobierno de Obregón, mediante un “plan de salvación” a través de la cultura en él, se coloca al espíritu como instrumento integrador por una parte de los obreros y campesinos que reivindicaban los logros de la revolución, aparte de los grupos indígenas quienes debían adoptar el español como lengua legítima. “… el proyecto de la Revolución planteaba [así] reivindicaciones condicionadas a que los beneficios que se otorgaban a esos mexicanos fueran al mismo tiempo los instrumentos para su integración, esto es, para su desindianización.” [9]
Puesto que la identidad de una nación se define a partir de sus símbolos, resulta entonces, que su fortaleza es directamente proporcional al grado de conciencia que tengan los participantes y actores de la vida nacional, de sus elementos componentes, quizás por ello el México que tenían en mente los ideólogos de la posrevolución no era otro sino el mestizo, es decir se trataba de borrar los símbolos de ese México profundo por la vía de la modernización occidental.
La emergencia de nuevos actores y de nuevos estadios inexistentes hasta antes de la mitad del siglo XX, aunque explicables en función del desarrollo histórico-social de los fenómenos propios del mismo siglo, abrieron la pauta para la rediscusión de una serie de conceptos directamente asociados con la cultura y la identidad, las llamadas clases subalternas asumieron un papel protagónico hacia finales del siglo XX, reivindicando su derecho a la existencia y reclamando el reconocimiento derivado de ello.
El debate sobre estos fenómenos, sobre todo el relacionado con la identidad, se han diluido sistemáticamente en torno a la idea de una sola identidad llamada nacional, compuesta como he apuntado por simulaciones, enfocadas a la negación sistemáticas de las otras identidades que componen al México profundo. Resulta necesario, al menos para el caso redimensionar dicho debate y asumir que en las condiciones actuales de crisis nacional, en las naciones cimentadas bajo estos preceptos, la única alternativa visible para revertir la descomposición social en ciernes es la asunción de la necesidad de revalorar dichos temas como parte central de futuros proyectos colectivos.
En este sentido las propuestas de análisis del tema deberán anclarse en elementos históricos a todas luces innegables, no es posible pensar en la existencia de una identidad única en espacios geográficos como los nuestros, América latina es una construcción histórica producto del concurso de una multiculturalidad, de ahí que sea necesario asumir las siguientes consideraciones; el concepto de identidad implica necesariamente: “(1) la permanencia en el tiempo de un sujeto de acción (2) concebido como una unidad con límites (3) que lo distinguen de todos los demás sujetos, (4) aunque también se requiere el reconocimiento de estos últimos.” [10]
[1] Anthony Smith. La identidad nacional. Madrid, Trama Ed. 1997, p 76
[2] Edmond Cros. El sujeto cultural, sociocrítica y psicoanálisis. Buenos Aires-Argentina, Ediciones Corregidor, 1997. p 67
[3] Guillermo Bonfil Batalla. México profundo, una civilización negada: México; Grijalbo; 1994. Pág. 154.
[4] Ibíd. p 154
[5] Alicia Castellanos Guerrero “Notas para estudiar el racismo hacia los Indios de México” en Papeles de POBLACIÓN No. 28; CIEAPIUAEM; abril/junio 2001; P 166-167.
[6] Juan Felipe Leal. Del Estado Liberal al Estado interventor en México, México; El caballito. 1991. p14.
[7] Guillermo Bonfil Batalla. Op. Cit. p 165.
[8] Ibíd. p 167
[9] Ibíd. P 169.
[10] Cfr. Gilberto Giménez. OP. Cit. p 9
La identidad es la percepción colectiva de un nosotros’ relativamente homogéneo (el grupo visto desde dentro) por oposición a los ‘otros’ (el grupo de fuera). (Fossaert, Robert. 1983).
La identidad nacional
Existe una enorme dificultad cuando nos aproximamos a la idea de la identidad, por un lado el eurocentrismo propio de la ideología occidental dominante se ha construido sobre un etnocentrismo de cuño europeo, por ello a lo sumo podemos partir de una aproximación al abordar el tema.
La cultura es la base que subyace a la identidad, se entiende a esta corno una construcción social, por tanto, podemos entender a la identidad como una construcción de voluntades colectivas, mismas que después de períodos prolongados de tiempo consensan toda una estructura de orden cultural que les permite relacionarse entre si, evidentemente en la práctica de las sociedades esto no se da de manera sencilla y es más el producto de las contradicciones entre las mismas, para que una de ellas establezca la hegemonía, lo que generará una construcción sincrética, una “nueva” cultura cuyos rasgos serán predominantemente los de la cultura hegemónica, por otro lado, en el mundo actual la idea central de la cultura e identidad ha devenido en un elemento cada vez más irrelevante, después de todo.
El impacto cada vez mayor del mercado mundial sobre el consumo individual y los estilos de vida; el que la gente se defina cada vez más en términos-de grupos o comunidades que pueden ser subnacionales o supranacionales; y el Estado-nación como lugar de toma de decisiones ha sido sustituido por órganos regionales supranacionales que han cuestionado la identidad nacional. Pues la identidad nacional desempeña ciertas funciones externas como que:
• Las naciones definen un espacio social concreto donde viven y trabajan sus miembros
• Las naciones se responsabilizan del control de los recursos de su territorio
• La identidad nacional refuerza al Estado y a sus instituciones políticas y ciertas funciones internas como:
• La socialización de sus miembros para que lleguen a ser ciudadanos y naturales de la nación
• Establece un vínculo social entre individuos y grupos basados en valores, símbolos y tradiciones compartidas
• La identidad nacional supone un medio eficaz de definir y ubicar la personalidad de los individuos en el mundo, a través del marco cultural que la caracteriza. [1]
Las sociedades colonizadas como las culturas originarias de mesoamérica, generan sociedades profundamente marcadas por esta colonización, tal como podemos apreciar en la sociedad mexicana contemporánea. Dicho fenómeno se construyó al terminar los trescientos años de colonización española, es decir con el nacimiento del nuevo Estado— Nación a partir de 1821, pese a conformar una nación única, los criollos, terminaron por imponer su concepto de sociedad, después de todo eran los ilustrados de la sociedad naciente, y.
El sujeto cultural colonial recurre, a fin de interpretar al otro, a códigos o filtros interpretativos preexistentes. La “alteridad” no puede representarse puesto que la identificación con el otro sólo puede expresarse a través de mis propios modelos discursivos. El Sujeto cultural colonial reproduce una serie de procesos de alineación por e lenguaje que imposibilitan la representabilidad del otro, sea por la imagen de la comparación, sea por la imagen de la denegación. [2]
Ello resulta comprensible en la medida en que la noción criolla de modernidad que acompaño al proceso de independencia contemplaba que el modelo a seguir era el europeo, en ese sentido. “Un país tan lleno de Indios (más del 60 % en 1810) no podía seriamente aspirar a la modernidad y el progreso.” [3]
Pasados los primeros treinta años de “independencia’, no exentos de dificultades los liberales terminaron por imponerse, entre ellos destacan notables descendientes de los grupos indígenas, Juárez y Díaz, entre otros, sin embargo, fieles a la ideología liberal estos liberales defendieron la idea del mestizaje como el estado ideal de la sociedad, el único método capaz de garantizar el “verdadero” desarrollo nacional, sobre todo el vinculado al aspecto económico, aquí nuevamente prima la idea de que los indios no eran dignos de confianza como participantes del nuevo proyecto de nación sobre todo porque; ...Su tendencia a vender poco y comprar lo indispensable los hacia enemigos de la panacea de la época [y de la actualidad]: el libre cambio y la empresa libre. [4]
Resulta pues evidente que para un sociedad cuyo imaginario es el de convertirse rápidamente en un país rico y moderno, a la imagen y semejanza de los Estados Unidos, en el cual la riqueza se entiende como el producto natural del trabajo individual expresado en la propiedad privada los “arcaicos” esquemas de la comunidad y la propiedad colectiva resultaran el mayor obstáculo para el desarrollo armónico de dicho país.
Los discursos liberal y conservador del siglo XIX son inclusivos y excluyentes, aunque predomina la visión de un indio destinado a desaparecer bajo el principio de que “todos somos iguales ante la ley” y una política encaminada a la destrucción de sus bases de reproducción para liberar mano de obra y tierras comunales, no sin una resistencia indígena que se extiende a lo largo de ese siglo. Los indigenistas de principios del siglo XX reconocen la existencia de los indios y la necesidad de conocerlos para asimilarlos, construir una Nación homogénea y establecer el “buen gobierno. [5]
Amén de las dificultades generadas por las diferencias culturales, la contradicción inherente al Estado liberal oligárquico, presente a lo largo de este periodo asumió formas específicas en diversos momentos, según el grado de desarrollo alcanzado por el capitalismo en México; la naturaleza de la dependencia del exterior; la composición del bloque en el poder, y la clase —o fracción de clase— que detentó la hegemonía de este último:
La crisis de hegemonía así creada, provocó el debilitamiento del Estado nacional y el consecuente fortalecimiento de las oligarquías regionales y locales. Con ello, la obra de los gobiernos de Juárez y Lerdo quedó en suspenso, si no es que menguada. Ciertamente, cuando Díaz ascendió al poder, no lo hizo con la fuerza e independencia que tuvieron sus predecesores en la presidencia frente a las fuerzas regionales o locales, sino con el flaco acuerdo que le debían los generales tuxtepecanos, quienes, a más de sus propios intereses, representaban en el fondo a las oligarquías de sus respectivas localidades. [6]
El proyecto modernizador encarnado por Díaz y los “científicos”, representantes de estas oligarquías regionales, decretó al mestizaje como la única vía verdadera de desarrollo, por ser la más cercana a la esencia del criollo, nuevamente se marginaba a las culturas originarias que tan penosamente habían sobrevivido a los embates de las sucesivas modernidades, la española, la criolla y ahora enfrentaban la segunda versión del liberalismo, la primera encabezada por Juárez proponía la democracia y la libertad como los ejes de la modernidad, la nueva descartaba esta vía y promovía el orden para llegar al progreso, precisamente por ello lo llamaban positivismo.
El predominio del grupo científico sobre las fracciones regionales de la burguesía mexicana era en gran medida posible gracias a la debilidad política de estas últimas, debilidad que la centralización inherente a la dictadura de Díaz se encargaba incesantemente de alimentar. Las contradicciones generadas por esta imposición y el surgimiento de una nueva facción de la burguesía nacional, representada por una nueva generación más joven y con elementos culturales “modernos” adquiridos en el exterior, entre otros la democratización de la sociedad y la institucionalización del Estado, alentó la revolución mexicana.
De esta etapa destacan dos vertientes de la misma, la popular en la que básicamente participaban los explotados del régimen, predominantemente los indígenas, cuya demanda central era la tierra y la vuelta a la esencia de la comunidad, encamada, sobre todo en el zapatismo y por el otro lado la porción moderna de la burguesía, cuya demanda central era la reforma política, liderada por Madero. “En la etapa armada de la Revolución participan el México imaginario y el México profundo, cada uno por sus propias razones y en procura de sus objetivos propios.” [7]
La derrota del porfiriato, previa alianza coyuntural entre las dos vertientes de la revolución, abrió el espacio para el proyecto modernizador de la burguesía, en una versión todavía más moderna que la maderista, el Grupo Sonora con su vía farmer, para desarrollar al país, ésta terminó por ratificar la idea de que la única ruta para el desarrollo seguía siendo la del mestizo, como continuador de la cultura criolla, de este modo:
La concepción ideológica del México mestizo de la Revolución no fue, no ha sido, tarea fácil. Esquemáticamente, la versión que predomina puede enunciarse así: la raíz profunda de nuestra nacionalidad está en el pasado indio, de donde arranca nuestra historia. Es un pasado glorioso que se derrumba con la Conquista. A partir de entonces surge el verdadero mexicano, el mestizo, que va conquistando su historia a través de una cadena de luchas (la Independencia, la Reforma) que se eslabonan armónicamente hasta desembocar en la Revolución. [8]
La versión de la identidad nacional queda entonces configurada “definitivamente”, los nuevos intelectuales de la nación mexicana; Vasconcelos, Samuel Ramos y otros defenderán a capa y espada la nueva esencia del mexicano, desde el aparato político del Estado o desde la academia, defendiendo el carácter “profundamente” hispánico de la cultura mexicana. Bajo esta perspectiva Samuel Ramos define la cultura mexicana en su obra El perfil del hombre y la cultura en México (1935), obra fundamental en su época.
Para Ramos la cultura mexicana, es decir la cultura criolla, la constituyen los valores espirituales y morales que la cultura europea, en particular España legara a México. Es la religión católica y el idioma español en donde se concretizan dichos valores que distinguen al mexicano del “indio primitivo”; de ahí las críticas de los nacionalistas de la época hacia la élite intelectual, entre ellos Los Contemporáneos, a la que tildaban de “europeizantes”.
Ramos defiende a esta élite transmisora de la “cultura superior” o de la “alta cultura” como diría Henríquez Ureña, en los siguientes términos: No es desprecio a su país, ni la incomprensión de sus problemas la causa de que el intelectual mexicano no haga citas de la realidad circundante; es que cuando el espíritu quiere expresarse tiene que hacerlo en un lenguaje propio que no ha creado todavía el suelo americano y que sólo puede dárselo la cultura europea.
En un contexto nacionalista, como el derivado de la Revolución mexicana, reconstruir la cultura implicaba elaborar criterios para establecer una continuidad ideológica que identificara a una nación en formación. José Vasconcelos, puso en práctica estos presupuestos elaborados desde el Ateneo de la Juventud, en su programa como Secretario de Educación Pública durante el gobierno de Obregón, mediante un “plan de salvación” a través de la cultura en él, se coloca al espíritu como instrumento integrador por una parte de los obreros y campesinos que reivindicaban los logros de la revolución, aparte de los grupos indígenas quienes debían adoptar el español como lengua legítima. “… el proyecto de la Revolución planteaba [así] reivindicaciones condicionadas a que los beneficios que se otorgaban a esos mexicanos fueran al mismo tiempo los instrumentos para su integración, esto es, para su desindianización.” [9]
Puesto que la identidad de una nación se define a partir de sus símbolos, resulta entonces, que su fortaleza es directamente proporcional al grado de conciencia que tengan los participantes y actores de la vida nacional, de sus elementos componentes, quizás por ello el México que tenían en mente los ideólogos de la posrevolución no era otro sino el mestizo, es decir se trataba de borrar los símbolos de ese México profundo por la vía de la modernización occidental.
La emergencia de nuevos actores y de nuevos estadios inexistentes hasta antes de la mitad del siglo XX, aunque explicables en función del desarrollo histórico-social de los fenómenos propios del mismo siglo, abrieron la pauta para la rediscusión de una serie de conceptos directamente asociados con la cultura y la identidad, las llamadas clases subalternas asumieron un papel protagónico hacia finales del siglo XX, reivindicando su derecho a la existencia y reclamando el reconocimiento derivado de ello.
El debate sobre estos fenómenos, sobre todo el relacionado con la identidad, se han diluido sistemáticamente en torno a la idea de una sola identidad llamada nacional, compuesta como he apuntado por simulaciones, enfocadas a la negación sistemáticas de las otras identidades que componen al México profundo. Resulta necesario, al menos para el caso redimensionar dicho debate y asumir que en las condiciones actuales de crisis nacional, en las naciones cimentadas bajo estos preceptos, la única alternativa visible para revertir la descomposición social en ciernes es la asunción de la necesidad de revalorar dichos temas como parte central de futuros proyectos colectivos.
En este sentido las propuestas de análisis del tema deberán anclarse en elementos históricos a todas luces innegables, no es posible pensar en la existencia de una identidad única en espacios geográficos como los nuestros, América latina es una construcción histórica producto del concurso de una multiculturalidad, de ahí que sea necesario asumir las siguientes consideraciones; el concepto de identidad implica necesariamente: “(1) la permanencia en el tiempo de un sujeto de acción (2) concebido como una unidad con límites (3) que lo distinguen de todos los demás sujetos, (4) aunque también se requiere el reconocimiento de estos últimos.” [10]
[1] Anthony Smith. La identidad nacional. Madrid, Trama Ed. 1997, p 76
[2] Edmond Cros. El sujeto cultural, sociocrítica y psicoanálisis. Buenos Aires-Argentina, Ediciones Corregidor, 1997. p 67
[3] Guillermo Bonfil Batalla. México profundo, una civilización negada: México; Grijalbo; 1994. Pág. 154.
[4] Ibíd. p 154
[5] Alicia Castellanos Guerrero “Notas para estudiar el racismo hacia los Indios de México” en Papeles de POBLACIÓN No. 28; CIEAPIUAEM; abril/junio 2001; P 166-167.
[6] Juan Felipe Leal. Del Estado Liberal al Estado interventor en México, México; El caballito. 1991. p14.
[7] Guillermo Bonfil Batalla. Op. Cit. p 165.
[8] Ibíd. p 167
[9] Ibíd. P 169.
[10] Cfr. Gilberto Giménez. OP. Cit. p 9
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